viernes, 25 de mayo de 2012

Oh, Grecia



25 de mayo de 2012 

A finales del siglo XIX, los dirigentes de Harvard y de Yale decidieron llevar a cabo una aberración secular, y así, eliminaron la lengua griega de los planes de estudio. En la era actual, en el mundo "moderno", los estudiantes y los profesionales tienen una simiesca capacidad intelectual. Quien no conoce su pasado, su Ethos o su Etimología, no conoce el futuro, que es espejo de lo que fue. 

Más que de síntesis, los gorilas modernos carecen de dilectas tesis. Quiero hablar un poco sobre los griegos. Los griegos cargaban a sus novias, las cargaban para llevarlas hasta universos lejanos, hasta paraísos ajenos, hasta sendos grupúsculos de dioses. 

En parangón, las mujeres de hoy se conforman con una mediocre rosa, con una acaudalada cena o con una acelerada caricia, a la que solemos llamarle "bofetada". Mantengamos nuestra marcha. Los griegos tenían que regresar con el escudo en alto o muertos sobre el escudo. 

Dice Plutarco: "Los griegos castigan al que pierde el escudo y no al que arroja la espada y la lanza". Cito de memoria esta seca y griega traducción de Plutarco, y lo hago porque me ha acompañado durante los últimos cinco años. 

Los griegos sudaban y pensaban mucho para ganarse un pobre y glorioso laurel, mientras que los modernos hacen muy poco para ganarse algunos millones de dólares, que amaneran y que no significan nada para los magnates reyes o dioses. El griego afirmaba ("Si, como el griego afirma en el Cratilo", dice un hermoso poema del griego Borges) y el moderno, duda. 

La duda es la raíz del vacío, y el vacío representa o emboza oportunidades o espacios oportunos para ejercer nuestros actos. El griego tenía una inteligencia geográfica (Deleuze, en su Rizoma, se muestra griego), mientras que el moderno tiene una inteligencia histriónica… digo, histórica. Y esto acaece así porque tenemos innumerables siglos detrás, más siglos de los que tenían los griegos. 

Estibar el tiempo sobre el pesado espacio, es una costumbre griega. Bajo los influjos drogadictos de Huxley, los modernos leemos biografías y bibliografías, mientras que los griegos leían aforismos y anécdotas, las cuales siempre han estado en las biografías y en las bibliografías. Nietzsche, amante de Tucídides, imitó a los antiguos con sus libros, y Goethe lo hizo con sus profecías. 

El griego era sintético y el moderno es analítico. El antiguo mármol humano buscaba los hilos del mundo para guiarse con ellos, para guiarse en las cavernas, mientras que el moderno hace horcas con los hilos. Cuando el griego salía de su casa, sabía que empezaba a vivir políticamente, según las enseñanzas que he adquirido de Hannah Arendt (judía tan brillante como mi Anne Sachs Ferdinand). 

De este postulado podemos partir para entender por qué el griego veía laberintos en las cavernas de Platón y por qué hoy creemos que el mito de la caverna es un mito execrable. Superficial, muy superficial era el griego. Así, interesándose en el rostro humano y no en el esqueleto que llevamos dentro, el bardo heleno logró ser profundo y sabio, diría Nietzsche y diría Goethe, autores de los que no puedo hablar en esta provinciana ciudad. 

Hoy entablaré un discurso griego con Anne y esgrimiré las enseñanzas de Platón. Exordios de poesía extenderé, introducciones místicas conmemoraré, argumentos filosóficos urdiré, demostraciones coloridas estamparé y conclusiones puestas en el aire sostendré. 

Como el griego, sé que los días son escasos, sé que las pasiones son muchas, sé que los proyectos son hartos y que sólo cuando estamos hartos del destino acometemos grandes proezas. Antropóloga con tendencias estructuralistas, ingente en la lengua de Chesterton y maestra en ciencias del lenguaje, ciencias que aplica al asiduo y divino análisis de la Tora, mi Anne contrasta mis humores antiguos. Es hora de irme y de leer algunos textos de Juvenal o de G. Orwell. 

E. Z. P. 





jueves, 24 de mayo de 2012

Fume



24 de mayo de 2012

Fumando simulamos ser trascendentales. Quien fuma, se eleva. Quien fuma, cambia su ser. Todo fumador aparenta poderío, certidumbre. Al encender un cigarrillo nos asomamos a nuestro corazón. Charles Baudelaire escribía con la cabeza llena de humo. 

Alcohol, cigarrillos, buenos libros, más cigarrillos y poemas, hacen que cualquier hombre de letras, sea feliz. En la ciudad de Monterrey, en cierto invierno y a cierta y nocturna hora, caminé fumando un cigarrillo. Me acompañaban dos viejos redactores periodísticos, me acompañaban lanzando improperios sobre la sintaxis de los nuevos periódicos, dignos de la palurda población. 

Llegamos a un oscuro museo y no entramos, pues la galería de versos que habíamos colgado en el aire era más interesante que cualquier galería colgada en paredes. Fumamos, fumamos mucho, mucho, tanto, que nuestros pulmones se transformaron en extractores de aire. Recuerdo que uno de los perros viejos que me acorazaba con sus líneas musicales, echó el siguiente cuarteto: 

"Fumaba yo, tendido en mi butaca, 
cuando, al sopor de plácido mareo, 
mis sueños de oro realizarse veo 
del humo denso entre la niebla opaca". 

Los redactores de hoy no saben ni siquiera limpiarse el culo, no saben poesía, no saben nada. Claro, cierto y verídico resulta decir que al fumar nos protegemos con muros de neblina (como Moscú, que nos recibe con una "bruma oscura que se vuelve gris plata", según un verso de Pasternak). 

Al fumar el tiempo se esfuma. El humo es la espuma del tiempo. Huxley apreciaba coloridas obras de arte alimentándose con gasolina, cigarrillos y paciencia. Desde Francia hasta Inglaterra, o desde Baudelaire hasta Huxley, fumar es un acto estético. 

Un cigarrillo aparenta ser una vara, una vara con la cual medir todas las cosas. Un cigarrillo es un objeto imposible, inútil (¿tanto humo en tan pequeño cuerpo?). El humo que emite el tabaco nos hace grisáceos, antiguos, fotográficamente añejos. 

Al fumar nos apartamos de nuestra situación. Fuma el que aspira a ser arquetípico. Gay Talese imprecaba contra las ciudades que le impedían fumar, es decir, permanecer en sus costumbres. Fumar es viril y los virajes del humo nos marean. Un cigarrillo es un palillo, es un instrumento para sacarnos la suciedad de las entrañas. 

Cuando las mujeres fuman con fehaciente placer, nos hacen acordarnos de Freud y de la felación ("tailler une pipe", dicen los franceses con volteriano humor). Oscar Wilde dijo que el cigarrillo es la representación perfecta del placer perfecto, y lo dijo a través de su perfecto personaje Lord Henry. 

Los personajes de Bukowski fuman mucho. Fulgurantes fracasados, perdedores sistemáticos, prostitutas con corazón o delincuentes arrepentidos, fuman, y fuman para plagiar serenidad. El cigarrillo es la ganzúa del filósofo. Las nubes del cielo están hechas de humo de tabaco. 

Al fumar experimentamos una consumición dolorosa. Fumamos para condolernos de la mediocridad de los otros. El fumador es una proposición sintética e infinita. Si bien el hombre no nació fumando, fumando se entera de la hombría del suicida. Fumar es un "plácido mareo", como dice la poesía de Alarcón. 

Contemplar las espirales expulsadas por el cigarrillo, es como percibir la trascendencia. Me complace citar a Bertrand Russell fumando. Como el cigarrillo, "todo lo sólido se desvanece en el aire", según el apotegma de Marx. Las corporaciones fuman ónticos mundos, y los hombres se fuman los cigarrillos de las corporaciones. 

Todas las mañanas, conduciendo mi pequeño automóvil, fumo un cigarrillo. Ahora mismo, para tolerar el medio ambiente, saldré a fumar y a repetir algunas poesías de Rimbaud en pésimo (apasionado) francés. Que nuestros balcones siempre estén abiertos, abiertos para que entren neblinas tabacaleras... o como diría Juan Ramón Jiménez: 

"brumas estrelladas". 

E. Z. P. 




miércoles, 23 de mayo de 2012

Arc-en-Ciel



23 de mayo de 2012

Los escritos literarios de Jean Paul Sartre son mejores que los escritos filosóficos de Sartre, Jean Paul. ¿Por qué he intercambiado la posición de las palabras en la frase anterior? Lo hice para dar a entender lo siguiente: el Sartre literario escribe como hombre, mientras que el Sartre filosófico escribe como autómata. 

En menos de diez páginas pude descifrar la técnica de redacción o de pensamiento del francés. Decir que lo infinito cabe en lo finito (como Wittgenstein), que la consciencia es la caja de la virtud y que no hay virtud de la consciencia (como Kant), o que toda metafísica implica una teoría del conocimiento y viceversa (como Schopenhauer), es demostrar, sin polisemias o postrimerías significantes, una tradición dialéctica. 

En las muchas biografías que hay sobre Sartre, he leído que el filósofo nauseabundo leía a Spinoza (la bella Castor, Simone de Beauvoir, lo atestigua). Y Sartre no se olvida jamás de citarlo (lo cita como "jamais vu" y no como "déjà vu"). Todo el Ser y la Nada será, para mí, un juego dialéctico, un binomio, una marejada de parejas conceptuales. Le rezo a Thor, a Wodan y a Zeus, les rezo para poder concluir sin hastío el mamotreto filosófico de Sartre. 

Si bien Sartre es un clásico de la filosofía, Sartre no tiene la virilidad de Aristóteles. Platón practicó el diálogo para darse a entender, y Kant, como el autor que nos ocupa (lleno de solecismos necesarios para pensar filosóficamente), inauguró los meandros y los "cristalinos laberintos" del pensamiento. 

Ya Woody Allen se ha burlado de los libros metafísicos, tales como los de Kierkegaard, Heidegger o Sartre, escritos para que nadie los entienda y para confundir a la posteridad, citando a mi maestro Alfonso Reyes. Los filósofos occidentales rompen la máxima de Confucio, pues siguen órdenes, no leyes. 

Nada más saludable que traducir a los clásicos (Schopenhauer no se fatigaba leyendo a Petrarca, poeta de su corazón). El hijo de Victor Hugo aderezaba sus tardes vertiendo a Shakespeare a la lengua de Ronsard. Pound gastaba sus mañanas desanudando ideogramas chinos. Borges practicaba la lengua de Goethe martirizando su paladar con párrafos kafkianos. Da Vinci y Newton traducían el libro mundano y Quevedo afilaba su mordacidad en rasposos hebreos. 

Traducir, friccionar castellanos contra galicismos, muele el alma, la hace mejor. Traducir aniquila nuestra personalidad, apalea nuestro ego, disciplina nuestra emoción. Supuestamente, Borges leyó por vez primera el Quijote en inglés. El "Arc-en-Ciel", que tanto le gustaba a Borges, puede traducirse así: "Arco en el cielo", "Arco del cielo", "Arco celeste" o como queramos. 

El buen traductor enfoca su atención en los predicados, en los acontecimientos, en la celeste celeridad. El sujeto, el personaje principal o el protagonista de una obra, puede hablar por sí mismo. Pero si desatendemos las minucias de los paisajes de Dante, de las tramas de Goethe o de los infinitos y subordinados ciclos de Kafka, todo se irá por la buhardilla. 

El predicado, el acontecimiento o la acción, configura lo temporal y lo espacial. El "Ciel" de Borges, el "Caelo" de Swedenborg o el "Sky" de Eliot, son azules (la negra noche es alegoría trágica). No hay que mover nuestro sistema óseo para saber que por todos lados el cielo es azulado, diría Goethe. El traductor, sabiéndolo, puede juguetear, puede decir "arco en el cielo" o "arco del cielo" sin penurias y sin angustias. 

El "Arc-en-Ciel", el arco en el azul, es el Horizonte, que a su vez es una cuerda, cuerda forzada por un esférico arco, arco que lanza barcos, razas, es decir, colores pelirrojos, rubios o cafés. Bello es el oficio de traductor. Los colores son los mejores instrumentos para el traductor. 

Un color es un cuerpo, dice Deleuze, uno que envuelve o refleja diversos cuerpos. El color azul puede estar en el cielo, pero también en los ojos. El buen escritor, el que será traducido, sabe que será traducido por las posteridades, y con esta consciencia en la mano escribe pensando en los colores, en la luz o en las sombras, que son cuerpos que siempre envolverán al mundo.  

Ejemplifiquemos lo que aseveramos con una joya tejida por G. de Cetina (el español no se mete en líos, y deja que los lectores del devenir crean que los ojos claros pueden ser grises, azules, verdes o rojos, en el caso de los opiómanos): 

"Ojos claros, serenos, 
si de un dulce mirar 
sois alabados".  

Un buen traductor encuentra cuáles son los puntos fijos de su texto. Estos puntos están hechos de "datas", de experiencias primarias, de colores, de olores, de sabores, de texturas o de sonidos, diría John Locke. Traducir es aducir sin deslucir lo dicho por el aludido. Traducir a los clásicos es traducir hombres. Traducir a los modernos es traducir espejos, cosas horribles que multiplican nuestras palabras y nuestros rostros, según el autor del Evaristo Carriego. Retorno a mis maquinistas labores. 

E. Z. P. 






martes, 22 de mayo de 2012

John Donne y mi dolor



22 de mayo de 2012

El cuerpo es la vaina del alma, y cuando el alma no puede salir para afilarse, se oxida, se corrompe. Así me siento. En esta ciudad uno está encerrado en silencios, en dogmas, en instituciones añejas que no quieren morir. Bien afirmaba Alfonso Reyes que una sociedad moralizadora es una sociedad pétrea, vieja. 

Ya no tengo demasiado que decir, o al menos no aquí. Aspiro, quiero con ansiedad que algo pase, que un "giro lingüístico", para citar a Rorty, me saque de aquí. La poesía, nadie lo dude, es la mejor herramienta para salvarnos. Si no fuera por la poesía o por sus bellezas, estaría enterrado, olvidado, renovado y aniñado. 

Un buen verso, en boca de mujer, es viril, es virtuoso. Un buen verso, en boca de hombre, significa sensibilidad, grandeza. Ayer, con Ana Luisa, leí la siguiente línea, línea del gran Donne (al que leo gracias a Borges): 

"I sing not, siren-like, 
to tempt, for I am harsh". 

Creo que este verso expresa mi estado de ánimo. Aquí no hay esperanzas, no hay futuro ni gente inteligente… no hay fortuna (mi inglés, aquí, es burlado por indígenas de poco paladar palaciego). Aquí no hay sueños, no hay quien cante los versos de Whitman y menos quien se queje como Baudelaire. Me siento suspendido en el tiempo y atorado en el espacio. 

Cada vez es más complicado cantar, leer, escribir, comer, vestir. Sólo quiero, como dijo el joven Werther, leer mis clásicos, estar en paz y dialogar con entes vivos. Sin país, sin ciudad, sin familia, sin idioma, sin historia, en la nada, tengo que rejuvenecerme día a día leyendo a los clásicos. 

Preferible es que los hombres pierdan su Roma a que Roma pierda a sus grandes hombres. Soy duro, soy como Hemingway, que tecleaba sin parar, y soy como Blake, pues sé que la miseria y que el desprecio constituyen el ambiente de los miserables y de los despreciables. 

Han quedado atrás los tiempos del buen Talese, que podía escribir quince mil palabras para contar una buena historia. Hoy, hoy la gente es incapaz de leer, al menos, cien páginas de un libro promedio. Talese no tuvo la misma suerte que el Rossmann de Kafka, y encontró su oficio en los Estados Unidos de Norteamérica, país en el que basta escribir, pensar y publicar para ser oído, según un biógrafo de Christopher Hitchens. 

Esta ciudad es peor que las infinitas burocracias de Kafka, porque ni siquiera posee los atributos o los niveles de una burocracia. El mal gusto, el disimulo, la debilidad mental, la ignorancia, imperan aquí. Quisiera ser, al menos, como cierto personaje de Rega, como uno que dijo: 

"Y oí decir de la ciudad de Creso, 
y oí decir que el que la ve delira". 

El humor, la gracia, la ironía, han abandonado este lugar (si alguna vez existieron tales entes aquí). Por lo menos me queda el recurso de la memoria para recordar las bromas de Groucho Marx. Cuenta Groucho que hace tiempo le disparó a un elefante cuando todavía estaba en piyama, y cuenta, con marxista sorpresa, que jamás supo cómo el sustancial elefante pudo ponerse la señalada piyama. 

Aquí no puedo citar a Allen o a Moliere o a Plauto, porque aquí nadie los conoce y porque nadie tiene gracia, al menos, para morirse. La muerte, "admirable", huye de aquí. "I sing not", y no hablo, y no me muevo, y tengo que sobrevivir gracias a mis amigos del exterior. 

Peor que Ovidio en el destierro, peor que Dostoievski en los hielos de Siberia, peor que Gramsci en la cárcel, estoy. Aquí no hay música, no hay arte, y la arquitectura enarbolada no es una arquitectura hecha por los nativos, sino una odisea de piedra ejecutada por unos que ya se fueron, por unos que me abandonaron. 

Decía Pater, con Schopenhauer y con Wilde, que la música es objetivación, dureza, expresión de la voluntad. Me he refugiado en la poesía inglesa, gauchesca y española, y todo para no palidecer. Me duelen los ojos debido a tanta fealdad. Vomito en las noches descortesías y sufro sífilis intelectual o parálisis espiritual después de cada contacto con los tribales. Ahora comprendo a Nietzsche. 

Hace tres días o menos, quise explicarle a alguien las filosofías de David Hume (quería demostrar que Adam Smith se robó las ideas del escocés). ¿Cómo? Esgrimiendo metáforas corrientes, como las navales, las bancarias o las agrícolas. Sólo las metáforas agrícolas funcionan aquí, en el campo (ya no puedo hablar de béisbol, como Rawls o como lo hacía con mis amigos literatos, para expandir mis teorías). 

Los juegos de parónimos que acostumbraba en el norte del país aquí se han transmutado en juegos antónimos, enemigos. Como cuenta la Historia de las Cruzadas, cierta mujer quiso apagar el Infierno e incendiar el Paraíso, y todo para que la gente dejara de actuar como usurero, como una pestilente masa de envidias. 

Leibniz decía que las monadas representan mundos. Lo dudo. Un habitante de esta ciudad no puede representar las formas del bello mundo de allá, de lo que está más allá de las aindiadas instituciones que me circundan. 

E. Z. P. 






lunes, 21 de mayo de 2012

Keynes y letrillas




21 de mayo de 2012 



Gay Talese contaba historias de manera indirecta, único método para eludir lo trillado, que nos oculta la verdad. Este fin de semana acudí a una ceremonia judía y no soporté los parloteos o las blasfemias que contra la ciencia se dirimieron. Encapuchados rabí-osos espantaron mi "espíritu científico". 

Esto me hizo pensar en la educación laica, liberal y científica que recibí (Zizek enseña que el ateísmo es nuestro mayor legado como europeos, legado lejano en el polvoriento rancho en el que vivo), y también me trajo a la memoria mis viejas lecturas inglesas. 

Como todo hombre grande, John Maynard Keynes nació de las ideas de John Neville Keynes, viejo profesor de Economía en la Universidad de Cambridge, casa de los "animal spirits" que educaron a Bertrand Russell, el de la prosa lúcida. 

"Between jobs", es decir, entre los Principia Ethica de Moore y los clásicos axiomas del economista Marshall, Keynes labró su imperativa inteligencia, habilidosa cognición acostumbrada a trazar caminos con extremeña confianza, según cuentan sus acérrimos amigos. 

Ni el literato grupo Bloomsbury ni el King´s College, pudieron confundir a Keynes, habituado a pensar en problemas del lenguaje. Para nuestro inglés los avatares económicos eran puras confusiones, siguiendo la línea de Wittgenstein. Los añejos economistas modernos aseguraban que el análisis monetario, llamado "dinero", era un velo, un óbice, un obstáculo para el pensamiento saludable. 

Esto me recuerda las luchas clasistas dadas en las novelas de Balzac (Papa Goriot), de Stendhal (Negro y Rojo) y de Zola (La Taberna). Medir al prójimo con la vara monetaria nos asegura sufrimientos, angustias, vendimias del alma, sociales escalas puntiagudas, envidias disfrazadas de abolengo y aristócratas traiciones tradicionales. Que mi lector, abrumado, lea las obras mentadas para modelar su cómico intelecto. 

Sólo frecuentando libros robustos, decía Mailer, aprendemos a romper nuestros prejuicios. Los libros más duros son los libros más útiles, enseñó Valéry. Keynes fue incapaz de salir del círculo al que pertenecía. Él mismo, el pobre John, dijo que la clase proletaria lo rechazaría por ser un culto burgués (como Kafka, Keynes trabajó en una empresa aseguradora). 

Nuestro economista practicó una prosa brillante y luchó, con desasosiego, para libertarse del estilo rígido y argumentativo de los ecónomos, nomos alejados de la ecología (todos los que hemos tenido algo que ver con Cambridge, sabemos que ahí se acostumbra una escritura florida y no rígida). Con todo, Keynes no pudo huir de 

"amor, iras y engaños" 

institucionales, ingleses y políticos, citando al Quijote. Sin muchas lecturas, John siguió la línea intelectual de Smith, de Mill, de Marshall y de Pigou (clásicos los primeros y neoclásicos los aledaños). Otra cosa fue Eliot, por ejemplo, que estudió en La Sorbona, en Oxford y en Harvard. 

Harvard, casa de Rawls, no ejerce la misma magia que irradia el binomio Cambridge-Oxford. ¿Por qué? Sin irnos hasta la tradición, digamos: los estudiantes en Norteamérica no se internan en sus escuelas, ni concreta y alegóricamente. Eso sí, la influencia de Cambridge en el mundo de la Economía es imperiosa (sólo el Chicago universitario se salva de esta imposición). 

Mauss sostenía que hombres como Keynes o como Freud tienen que lidiar con sendas dificultades para comprender las instituciones internacionales. Los ingleses cultos y miembros de la alta política piensan simétricamente, piensan que el ahorro es el espejo de la inversión, piensan que el capital es el 

"reflejo de sueños 
en el sueño 
de otro espejo", 

citando y trayendo a Borges al mundo de la Economía. Cambridge enseña a pensar por los demás, enseña el inicuo estudio del marginalismo psicológico. Pero la realidad es que la gente ahorra o acumula sin saberlo, sin quererlo o sin pensar en el gasto premeditado. 

José Hernández, ignorándose, acumuló más de media vida para escribir en un hotel de segundo orden su primerísimo Martín Fierro, y Jeremías Bentham trazó británicos esquemas para describir tales fenómenos. Aquí uno de ellos: el dolor del trabajo incrementa con las horas de trabajo, pero el placer del salario no aumenta con el mismo de forma proporcional, dice Bentham útilmente. 

El burgués, como Keynes, piensa simétricamente, equivalentemente, dialécticamente (los clásicos ingleses cambian el nombre, pero no cambian la historia, diría Joan Sebastian, cantante al que sí conoces, lector) . Esto ocurre debido a la asidua tradición occidental, narcotizada por las matemáticas. 

Francisco de Quevedo decía que al sumar un vicio más otro vicio, obteníamos concordias, y decía que sumando vicios más virtudes paríamos discordias. Tales anatemas son imposibles hoy en día. El mercado, funesto nombre de la sociedad, lanza signos falibles, erróneos, mentirosos (el error es una forma de la mentira). Ya Chesterton dijo que el hombre que no sabe mentir no sirve para nada (asomarse a El hombre que fue jueves). 

Creer que los mercados son observables, es creer que existe una moral estática. Boulding ha lanzado una economía del amor, una en la que amantes, engaños, infidelidades, sumisiones, esclavos y demás atrocidades humanas, mueven el dinero. Podemos pensar que los mercados consumen de tal o cual manera, pero ignoramos que tú, ama de casa, en el pasado 

"gambeteabas la pobreza 
en la casa de pensión", 

como dicta un tango cantado por Gardel (y tu deuda "en la cuenta del otario que tenés se la cargás"). La semiótica terminará siendo parte fundamental de la Economía Política, pues sirve para escrutar espejismos (bonos, innovaciones, técnicas, saberes). 

Keynes discriminó el Das Kapital de Marx, tildándolo de "viejo", "obsoleto", "falso" e "inaplicable". Pobre Keynes. Hoy es más útil estudiar a Marx que estudiar a Myrdal o a Fischer. Das Kapital no es un libro de consumo, sino un bien perdurable, si me permiten arengar con felonía o como un "fellow" de Cambridge. Seguiré soportando ignorancias y seguiré tecleando mentiras. 

E. Z. P. 


viernes, 18 de mayo de 2012

Pensamientos sobre Grecia



18 de mayo de 2012

"Sangre heroica y azul, sangre de hispanos", hierve en mi corazón a montones. He desenterrado este recuerdo para aminorar la inmundicia que me rodea (horribles rostros y dioses, diría mi maestro Goethe). Sin Ricardo León sería un Borges sin Francia, un casto disfrazado con plumas. La estulticia, en grandes cantidades, entorpece, tanto como las líneas de producción o como el trabajo automatizado. 

Ayer tuve un intenso diálogo, uno sobre la fe y sobre la imposición que las religiones practican con indulgente pericia. Más que judío, más que romano y más que español, siento que lo griego, que la Retórica y que La Mancha, viven en mí. Para Cervantes el territorio de La Mancha era un polvoriento manchón hispano, un ejemplar ascetismo o un escenario para ejercer valentías. 

Para mí, España es Europa. Y para los Europeos de nacimiento, no de sangre, España no es Europa (pobres nórdicos, que no pudieron tener dioses decentes porque apenas llegaron a tener breves chozas, siguiendo a Gibbon).  

Como líquido conquistador, como fuego romano y como mármol griego, creo en las señales y en los aparecidos, creo en el ardor de la lumbre y creo en la necesidad del aire, doctrinas despreciadas por los que no saben hablar en la lengua alegórica. 

Todos tachan, cruzan, estrellan o soplan las creencias antiguas, como si las creencias de antes fueran inferiores a las actuales. Me parece más digno creer en el águila que en la máquina, y más conveniente me resulta consultar los oráculos y las piedras y no los pronósticos de los economistas y de los médicos, que siempre se equivocan. 

El griego fue un experto en semiótica, en la lectura de los signos. Gregario, el griego agrietó la gramática del mundo, y lo hizo con mundanas teorías subjetivas, dirían los embelesados como Popper o como Imre Lakatos. La verdad es que la modernidad es caprichosa y subjetiva (nuestro espacio político es moderno, pero no nuestro espacio intelectual, me enseñó la maravillosa Hannah Arendt). 

Al griego soltero se le despreciaba porque no promovía con su semen la soldadesca diseminación de su nación. Los griegos guerreaban bajo el pretexto de la distancia, bajo la consciencia de la enemistad natural (Schmitt) y por un exceso de fuerza, como enseña José Ortega y Gasset. Para evitar que el vecino nos aplaste a garrotazos, cuenta Pound, es menesterosa la misteriosa y fatídica educación infantil. 

El griego se relacionaba con el mundo como sacerdote, soldado y político, y el mundo sigue sometido a su cultura guerrera (no sólo las mitologías nórdicas aman las armas). Con sazón he releído varias veces los libros de Kant y de Alberto Gerchunoff. El griego era como el Quijote y veía realidades en los numismáticos agüeros, en los incoherentes cometas, en los molinos de estrellas o en las ladradas mitologías. 

Kant, al que Borges jamás entendió, ha numerado seis categorías filosóficas y humanas, a saber: cantidad, cualidad, relación, modalidad, tiempo y espacio. Las dos últimas son las primeras y las más hondas. El griego, pueblo plástico, abandonó el arte a partir del nacimiento de la Filosofía. Penosas y locas son las quejas de Nietzsche, quejas contra Platón, que quería sacar del país a los poetas. 

Los poetas, registradores históricos, son los únicos responsables de la perdurabilidad de los hallazgos (la Historia se mide en Olimpiadas, en guerras o en revolcones científicos). Alguien tiene que cantar los hechos (Homero, Whitman, Pound). La maldición de la poesía moderna o del poeta urbano, poeta sin visión y encerrado, refiere Borges, yace en las ideas, que son vacíos conceptuales cuando carecen de empirismo pastoril. 

Poetizar no es pensar, o al menos no es pensar como pensamos. Me gusta regresar en el tiempo, hablar con Pelópidas y advertirle que los enemigos son cuantitativamente superiores a nosotros, y lo hago para oír esto: 

"Mejor, con eso serán 
más los que venzamos". 

Glorioso, glorioso, glo-ri-o-so (así, deletreando, se expresaba Dalí cuando los tunantes no entendían que él no entendía de facturas, dineros y cantidades). El griego jamás fue como el francés y prefería el "Je" al "Moi", si me permiten esgrimir la gutural y vomitiva lengua francesa, salvada por algunos grandes hombres. 

El griego verbalizaba, pues sabía que el verbo es la acción de las proposiciones. Este literal consejo literario fue practicado por el buen Hemingway, quien llegó hasta los límites del drama humano, límites horadados con pluma y escopeta. 

El griego, suplicante, levantaba las manos para pedirle a los dioses misericordia o favores, o para ejecutarle injurias. Mientras las religiones más difundidas exigían cabezas agachadas, los griegos levantaban el mentón para mentar mentales méritos. Nietzsche, más griego que alemán, o mejor dicho, más humano que animal, decía que las ideas son los más grandes acontecimientos. 

Pero los filósofos se han encargado de rebajar la palabra "idea", de desvirtuarla hasta los límites de la contemplación (metafísica). Las ideas son las antesalas de los actos, son los sujetos que predican, son los planes de las conquistas. La singularidad es lo único que valía para los aprendices de Homero. Y sólo el hombre puede ser singular (Schiller decía que el pensamiento es de todos y que sólo los sentidos actos son nuestros). 

Nosotros, los modernos, creemos que la psicología es lo más importante, que la cosmovisión es una mortal ideología política, y que la teología es sofistería refinada. El griego pensaba al revés. Es más, si queremos pensar como griegos, basta y sobra invertir siempre nuestros métodos y órdenes. 

El frecuentador de Delfos sentía la primacía de la religión, lo secundario de la política y lo despreciable de la psicología. En Grecia hubo hombres que pensaban en las cosas y no en sí mismos, como acaece hoy. Observación, teoría, inducción y experimentación, eran categorías invertidas (pervertidas) para los griegos, que primero vivían, después, aprendían, luego escribían y al final, contemplaban. 

E. Z. P. 









jueves, 17 de mayo de 2012

Apología de Quevedo




17 de mayo de 2012

Ayer terminé el acoso de los libros de Francisco de Quevedo (mi guía para leer tal capital estético, fue un prólogo que escribió Borges al respecto). He terminado, una vez más, sus Obras Escogidas, obras compiladas y compulsadas por Alfonso Reyes y por el amor a la gran literatura. 

Pocos libros merecen ser comentados. Alto fue el costo que pagué por las obras del clásico (vacíate los bolsillos para amueblarte el cerebro, dijo un italiano desde la cárcel, palurdo lector). Cada vez hay más autores y más lectores que desperdician sus míseras vidas fatigando retinas sobre retretes acústicos. 

Si no es un clásico, no quiero leer nada. Y no me importa leer lentamente los latines y los griegos, no importa mientras sean clásicos, o mejor dicho, costumbres. O como dice Borges, sólo quiero leer 

"Algún verso latino o sajón, 
que no es otra cosa que un hábito". 

A Quevedo le decían el Juvenal Español. Bello nombre. Como Juvenal, Quevedo profesionalizó la sátira, la burla, la ironía. Quevedo, como dice Espronceda, siempre traía 

"el insulto en los ojos, 
en los labios la ironía". 

Burlar reyes, hacer de las putas santas santas putas, aconsejar súbditos, hablar como Catón y laurear Cristos Crucificados, fueron algunas de las actividades literarias de Quevedo, insigne blasón de nuestras letras. Conocí a Quevedo leyendo a Alfonso Reyes, a Borges y a Neruda. 

Se dice por las calles que Quevedo es un demonio preciso (¿precioso, preciosista?), uno con lentes y lento a la hora de matar. Sus palabras son cuchillas, sus ritmos, puñaladas, y sus libros son péndulos que atosigan (como en un cuento de Poe). Quevedo conocía a la perfección la doctrina cristiana y los versos latinos. 

Quevedo es el máximo estilista español (muy a pesar de Reyes) y hasta nos enseña minucias machistas, tales como la etimología hebrea de la palabra "viuda", que no es otra cosa que una "mujer sin voz". 

Redactó honores para coronar heroísmos, encarceló su persona para meditar insolencias, aherrojó costumbrismos para enseñorear españoles, calculó méritos mal ganados para hacer justicia, esquivó críticas para vivir en el tiempo y me enseñó que el estilo genera ideas, siendo lo contrario inefectivo. Intenté, con fracaso, imitar el estilo del Marco Bruto, símbolo de Quevedo. 

No cualquier mediocre lee a Quevedo (los policías son inferiores por no leer a Revueltas, dijo un joven citado por José Agustín, aburridísimo autor mejicano), pues sus letras sólo son tolerantes o tolerables para los hombres de letras. ¿Por qué? Porque Quevedo, enseña Borges, no es sensiblero, no enseña, no ilustra, no se preocupa por ser mal entendido, no se aterra por ser entendido. 

Los subterfugios de Quevedo son superiores a los de Lope, aunque Lope domina argumentos más sólidos que los de Quevedo. Ayer tuve un debate orientado hacia la intolerancia de los judíos (cité a Schmitt, a Berlin y a Arendt). En los libros del Juvenal Español irradia la intolerancia. Italianos, rabinos, galenos, árabes, científicos, hipócritas Hipócrates y más, son tachados de herejes y blandengues, de pérfidos y zafios. Para nuestro escritor 

"el lujo, más insidioso 
que el enemigo extranjero", 

es el peor de los males (peor que la Hipocresía, los sastres y los comedores de novedades). El anterior verso es una bella y anónima traducción de Juvenal, una que podría disfrazarse de copla quevediana. Muchas y excelentes son las metáforas de nuestro máximo estilista. La que más me gusta, es una que unifica piedras y dientes. 

Se nota por doquier que nuestro redactor leía con furia y constancia. Grandes momentos y risas gocé leyéndolo. Sólo Moliere puede competir, medianamente, en hilarantes con el madrileño. En sus textos abundan las variaciones fonológicas ("güérfano" y "huérfano", "codicia y cudicia", por nombrar algunas). 

De Edmund Husserl aprendí la noesis y de Quevedo, el noema. De Paul Ricoeur (autor que le gusta a mi docta Ana Luisa) aprendí que la consciencia adquiere sus rumbos contemplando objetos, y de Quevedo aprendí que cualquier objeto puede derrumbarse con conscientes palabras. 

De los filósofos analíticos aprendí que los "data" o que los "atributos" (Ortega y Gasset les llamaba "notas") son adjetivos, y de Francisco de Quevedo y Villegas que son verbos. Leyendo a Leibniz comprendí que la filosofía engendra comunidades de conceptos, pero del sátiro Juvenal castellano aprendí que filosofar es romper con el sentido común. 

Máximas cristianas, consejos árabes, estrofas romanas y abundantes críticas dedicadas con acérrimo cariño a la torpe y moza Bretaña, forjan la prosa del esteta. En los tomos de Bertrand Russell supe que el mundo podría ser una ficción, y del castellano supe que el mundo es una ficción ("debajo de la cuerda"). 

Quevedo es para España y para el soldado Saavedra lo que Petrarca es para Italia y para el "alígero Dante". Quevedo luchó con la pluma, con la cepa castellana, 

"with a grateful heart 
and a constant mind", 

según los bellos versos de Henley. Hoy comenzaré un libro de Keynes, uno de Friedman, la Tora otra vez y el Quijote eternamente. Sin Quevedo seríamos Quijotes, pero no Quijanos ni Cervantes. Seguiré con mis labores de burócrata oficinista. 

E. Z. P.